Trans, entre el discrimen y el grito de ser aceptados.


Fuente: http://t.co/sT4bTdaMro

Trans, entre el discrimen y el grito de ser aceptados.

Cuando tenía seis años y se llamaba Geovani, en las noches se cobijaba bajo una sábana y rogaba a “Diosito” que al día siguiente, al momento de despertar, sea una niña.

“Veía películas donde sucedían cosas mágicas y quería que me pase lo mismo”… Pero esa magia no llegó hasta las tantas habitaciones del niño Geovani (vivió de casa en casa, con familiares o hasta con desconocidos, tras el suicidio de su madre). Desde su infancia y durante su adolescencia se sintió como mujer en el cuerpo de hombre y, como ella dice, estuvo “disfrazada por 24 años”. A esta edad Geovani no necesitó de polvos mágicos sino de su fuerza interior para salir de su casa vestida de fémina con el nombre de Andrea. Tiene 26 años y con su voz baja pero con firmeza se identifica como trans.

En la sociedad aún hay desconocimiento del término, que abarca a transgéneros y transexuales. De hecho la misma Andrea no lo conocía y antes pensaba que era gay. “Pero algo no me cuadraba. No me sentía un hombre que me gustaba otro hombre, me sentía una mujer que se sentía atraída por otro hombre”, comenta.

Ser trans no es lo mismo que ser gay o lesbiana. No es una orientación sexual. Las personas trans se identifican con el género opuesto y construyen su identidad de género, según explica un estudio elaborado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Es decir, quien nació biológicamente hombre se reconoce como mujer y adopta su comportamiento o apariencia física (trans femenina), o quien nació como mujer se identifica como hombre (trans masculino).

La identidad de género es la vivencia interna e individual del género en cada persona. La Asociación Americana de Psiquiatría la eliminó del catálogo de enfermedades mentales.

El término está reconocido en la Constitución (antes del 2008 no existía en el marco legal) e incluso prohíbe la discriminación a las personas trans.

Pese a lo establecido en la Carta Magna, la vida de Andrea no ha sido fácil. En las calles tiene que soportar miradas de condena o comentarios burlescos; una empresa la rechazó para una vacante porque no contrataban “fenómenos” y una clínica la despidió después de confesar que era trans.

Lo que ocurrió en una fiesta de Sweet & Coffee en Quito tiene rasgos similares: Dos trans femeninas fueron impedidas de ingresar a un festejo de fin de año por ir vestidas como mujeres. Un vídeo del incidente fue difundido en internet y causó el rechazo de activistas Glbti (gays, lesbianas, bisexuales, transexuales e intersexuales) y defensores de sus derechos. La empresa informó haber sancionado a la empleada que prohibió su ingreso. Pero a más de esto, las dos fueron despedidas.

Según la primera investigación sobre condiciones de vida de la población Glbti en Ecuador elaborada por el INEC (Instituto Nacional de Estadística y Censos) con entrevistas a 2.085 personas (de ellas 875 trans), 43,8% de los consultados han sufrido discriminación laboral, y un 27,6%, exclusión en el mismo campo.

La activista de 31 años Diane Rodríguez, quien en las pasadas elecciones fue candidata a asambleísta, sintió en dos ocasiones una mirada diferente en su faceta de trabajadora cuando se enteraron que era trans.

En la primera tenía 24 años y laboraba como Luis Benedicto (su mamá es sumamente católica). El nombre de Diane lo usaba cuando se travestía. Para ese entonces, ya tomaba hormonas femeninas que, entre otros efectos, hace crecer los senos, pero no suaviza la figura masculina desarrollada en la adolescencia.

El entonces Luis era cajero en una corporación automotriz. Después de que un mecánico lo viera vestido como mujer en Montañita y lo divulgara a otros compañeros, le pidieron la renuncia por “dar un mal ejemplo” (ella se negó), le encargaron tareas que no le correspondían y finalmente llegó el despido.

La historia se repitió a los 26. Trabajaba para un hotel como Luis, pero ya había empezado su activismo y en los eventos de Silueta X (organización trans que preside) quien aparecía era Diane. Fue despedida al día siguiente de haber participado en uno de estas actividades y saliera dando declaraciones a un canal de televisión.

Después de esto, enterró a Luis. Cambió su nombre en su cédula (ver recuadro). No volvió a conseguir trabajo y hoy se dedica solo a Silueta X.

Diane tiene hoy un cabello largo crespo y unos prominentes implantes de senos. Su rostro se lo maquilla con cuidado y coquetamente. Como tiene adaptado su cuerpo a la biología femenina, es una mujer transexual. Lo mismo Andrea. Transgénero es un paso anterior, cuando se adopta comportamientos, habla y estética del sexo opuesto.

Lo que no han hecho ni Diane ni Andrea es una cirugía de reasignación genital. De hecho, no les interesa.

en los hogares. Según la investigación del INEC, el 70,9% de los entrevistados reportó que vivió alguna experiencia de discriminación en sus hogares.

Cuando James Zúñiga, un corpulento trans de 22 años, era Jessi, su padre lo sorprendió en su dormitorio besándose con una novia que tenía a escondidas. En ese entonces tenía 18 años. La reacción: latigazos de su padre y cachetadas de su madre.

Desde su infancia se sintió como un niño. Prefería jugar con su hermano mayor que con su gemela. Así fue hasta los 14 años. Pero por comentarios de su hermano de que era “machona” y llamados de atención de sus padres, a los 15 empezó a maquillarse y vestirse como su ñaña. “Pero no me sentía cómodo”.

Cuando cumplió 21 años no pudo seguir soportando el disfraz y los maltratos de sus padres (hubo un incidente más a los 19). Se fue de casa, empezó a tomar testosterona para adoptar una imagen masculina, a ir al gimnasio para ganar musculatura (incluso sus senos cedieron) y a vestirse como varón.

Hasta hoy no ha vuelto a hablar con sus padres. Sí mantiene contacto con su hermana.

El rechazo o las burlas provocan que un niño o adolescente no heterosexual niegue por lo que está pasando, sostiene Silvia Buendía, defensora de los derechos Glbti. Y la situación se cambia “educando a los padres para que sepan que la sexualidad humana es amplia y diversa y que la única posibilidad que existe no es la orientación heterosexual”, explica.

En la casa de Diane el ambiente era igual de hostil. A los 16 años, en una discusión con su madre porque esta le reprochó que hablaba todos los días por teléfono con un amigo, confesó que era gay. No sabía que era trans. Su padrastro la golpeó y la echó de casa. Regresó dos meses después por pedido de su madre.

En cambio, Andrés (prefiere ocultar su nombre real), no tuvo problemas. Sin hablarlo con sus progenitores, ellos sabían que su hija se sentía un niño. Incluso le permitían vestir como chico.

Pero fue en el colegio donde se sintió mal. Tenía que usar blusa y falda, y no lo soportaba. Aparte, recibía burlas de sus compañeros. A los 15 años, ante su incomodidad, presionó una hoja de afeitar sobre las venas de su muñeca izquierda. Su hermano, que es médico, lo saturó y lo salvó.

Hoy la testosterona que se aplica cada 21 días ha hecho efecto y luce rasgos masculinos con los que ha logrado engañar a sus empleadores, que creen que contratan a un hombre.

Cada quien tiene su historia y reaccionó de acuerdo a sus deseos o bajo presiones. Pero el final es el mismo: hoy se identifican como trans. Y en pocas palabras y con una sonrisa de satisfacción, James lo resume: “Me siento cómodo ahora”.

Personas transexuales en la sociedad /15 de enero del 2014 Guayaquil

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